Doble discurso de los divulgadores científicos

Hay que distinguir entre científicos y divulgadores de la ciencia. Son los segundos los responsables del cientismo ateo, es decir, de cubrirse del manto científico para hacer ateismo. El auténtico científico está a sus experimentos y a sus conclusiones, siempre de un modo humilde, y obligado por la comunidad científica a ser humilde precisamente, es decir, a no ofrecer conclusiones no probadas.
En cambio, están los divulgadores científicos, como Dawkins, que es de hecho profesor de cátedra de divulgación científica y conocido en los mass media por sus campañas ateas de autobús, o entre nosotros, Eduardo Punset. Divulgan no sólo ciencia sino ateismo o bien materialismo: la ciencia ya contendría todas las maravillas, misterios y promesas de un futuro mejor que tiene la religión, y además todo ello regido por la razón, nada de instancias más allá del ser humano; en realidad lo que hacen es pseudoreligión, y no defensa de la razón contra la superstición, como decían antes.
Dawkins es de hecho un admirador de Aldous Huxley, quien hacia 1920 se encargó de constituir las bases del cientismo darwinista, con su libro Religión sin revelación.
Científicos que alcanzan la resonancia mundial también se dedican a utilizar su prestigio y su atractivo mediático para hacer metafísica, lo hicieron por ejemplo Einstein, y entre nosotros Severo Ochoa, quien dijo que se había pasado toda la vida estudiando la vida pero que no sabía para qué servía (algo que sí sabe cualquiera por analfabeto que sea, que la vida es para invertirla en ayudar).
Al hacer pasar su cientismo por alternativa religiosa están ya engañando, pues lo científico tiene sus fronteras donde es válido y además a menudo acaba llegando a conclusiones antes impensables, como es el caso del llamado Adán científico, el descubrimiento en 2006 de un ancestro primero, confirmando la monogenia (eso sí reconocer que Dios "es" ya les cuesta más digerirlo y no lo dirán, porque eso no se puede decir desde la ciencia sino desde la gracia divina que repudian previamente). Si el científico no hace cientismo entonces seguro que acabará creyendo en su corazón, porque la fe es un premio a la honradez moral.

NeoAteismo. Dawkins o el cientismo contra Dios




Los argumentos del ateísmo
         Desde la Edad Media se hizo costumbre reducir a dos los principales argumentos del ateísmo:
      1. “Dios no es necesario, ya que el mundo, la vida y la historia pueden explicarse científicamente sin tener que apelar a un ser infinito, invisible y trascendente”.
        2. “La existencia del mal y la injusticia en el mundo es totalmente incompatible con la existencia de Dios. O Dios no es lo suficientemente justo y bueno para evitar tantas desgracias, o no es lo bastante sabio y poderoso para controlar este universo que supuestamente él mismo ha creado”.
Respuesta al argumento 1
         Tal como queda enunciado arriba, al leer su libro, El Espejismo de Dios, uno percibe que Dawkins todavía emplea la misma y raída tesis de los ateos teóricos provenientes de la misma época de la Ilustración francesa y alemana del siglo XVIII. Allí consigna 4 mensajes a los que denomina como “aumentadores de conciencia” para el hombre del siglo XXI:
·         Los ateos pueden ser felices, equilibrados, morales e intelectualmente satisfechos.
·         La selección natural y teorías científicas similares son superiores a hipótesis basadas en Dios — como la falacia del diseño inteligente— en lo que se refiere a la explicación del mundo vivo y el cosmos.
·         Los niños no deben ser etiquetados por la religión de sus padres. Términos como "Niño católico" o "Niño musulmán" hacen que la gente retroceda.
·         Los ateos deben estar orgullosos y no compungidos, debido a que el ateísmo es una prueba de tener una mente saludable e independiente. 
         Por regla general, personas como Richard Dawkins, que se han adscrito a la ciencia materialista que rechaza a Dios, no pueden explicar suficientemente el orden del universo; tampoco su origen, mucho menos su complejidad actual. Es un axioma reconocido por la misma ciencia que hasta el presente, la ciencia sólo nos puede decir qué es el universo, pero no el cómo y el por qué del majestuoso universo físico que captan nuestros sentidos. El “qué” científico lo único que hace es “observar”, “descubrir”, “describir” y “comparar” lo que ya existe, lo que Dios creó. La teoría sustituta de la evolución y la casualidad fortuita de millones de átomos que se auto-organizan sin la intervención de una inteligencia superior, no es consistente con lo que el hombre mismo ha descubierto acerca del mismo universo material. Es por ello que a Dawkins tanto le molesta la interpretación bíblica y teológica del “diseño inteligente” del cosmos, nuestro presente mundo.
         El mismo análisis racional nos dice que es imposible que la materia se hubiera auto-organizado sola, al azar y por casualidad; esto es lo que dice el principio filosófico conocido como “cálculo de probabilidades”, principio que ha demostrado ser falso. Todas las leyes de la naturaleza nos hablan más bien de que antes de existir una “suprema casualidad”, lo que existe es una “Suprema Inteligencia” a quien llamamos Dios Padre. 
         El capítulo uno del Génesis nos habla acerca de la actividad del Todopoderoso Espíritu Santo que se movía sobre la faz de las aguas trayendo orden, belleza y armonía, estableciendo lo que llamamos leyes naturales; no puede haber, por tanto, inspiración artística y plástica más gloriosa que la misma obra de Dios (Salmos 19: 1,2). Los elementos y agentes naturales dejados a la casualidad, no serían capaces de producir otra cosa que un desorden sin sentido. Pero pese a todas estas evidencias, Dawkins prefiere afirmar la irracionalidad de la creencia en Dios.
         La historia de la humanidad. Prosiguiendo con nuestra respuesta a este primer argumento, y al mencionar ahora la historia de la humanidad, está demostrado que la humanidad está siguiendo un recorrido lineal en continuo progreso. No hay duda que el avance de las diferentes eras o épocas nos advierten un final. Desde el punto de vista teológico las Sagradas Escrituras enseñan que el Omnipotente Dios tiene todos los asuntos bajo control, esto incluye a los más pequeños detalles y los casos que parecen fortuitos o sola casualidad (ver Proverbios 16:33; Daniel 4:35; Mateo 10:30). Para no ir muy lejos, ningún ateo puede demostrar que Dios no está gobernando los asuntos de los hombres. A menos que creamos que Dios está conduciendo todos los eventos de la historia en general y de forma detallada en nuestra propia vida personal, ciertamente que nos sentiríamos muy desalentados en tiempos de adversidad. Es un consuelo saber que el control y gobierno providencial de Dios es bueno y eficaz sobre todo el universo: “Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos” (Salmos 103:9). Y en relación a que todos los detalles de la vida de cada ser humano es un plan perfecto en manos de Dios leemos: “Por que tú formaste mis entrañas, tú me hiciste en el vientre de mi madre... Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas sin faltar una de ellas” (Salmos 139:13,16). No es extraño que los ateos que no pueden creer esto, con frecuencia hayan terminado suicidándose, y han muerto llenos de horribles desdichas e intranquilidad.
         Recordemos aquí las palabras de Augustus M. Toplady, teólogo calvinista quien comentó: “La historia es la realización en el tiempo del ideal eterno”. Al ateo le es imposible aceptar esta poderosa verdad, pues ha aprendido a confiar en las fuerzas ciegas de la casualidad o lo que los marxistas denominan “las fuerzas dialécticas de la historia”. Pero, debemos preguntarnos: ¿cuál de estas dos posiciones humaniza y hace que el hombre encuentre un mejor propósito en la vida?
         ¡Es una tragedia para cualquier ser humano vivir sin Dios!

Respuesta al argumento 2. Planteamiento del problema.
         Es bastante difícil pensar que alguien, en ningún momento, se haya sentido profundamente confundido por el problema del mal. Mucho más cuando en cualquiera de sus formas lo ha sufrido en carne propia. En estos tiempos postmodernos el ateísmo promovido por el Dr. R. Dawkins vuelve a hacer girar el antiguo argumento de Epicuro (341-270 a.C.) que pretende ser la “prueba reina” para negar la existencia de Dios. Esto mismo ya había hecho David Hume (1711-1776), quien en su clásico significado relativo al problema del mal, escribió:
¿“Está él (Dios) deseoso de prevenir el mal, pero no es capaz? Si así es, él no es omnipotente. ¿Es Dios capaz pero no quiere? Si así es, entonces él es malevolente. Ahora bien, si Dios quiere y es capaz, ¿de dónde entonces el mal?”.
         De acuerdo a la intención de este argumento muchos concluyen que Dios no existe. Pero, ¿es esto así? ¿Está facultado el hombre caído para sacar una conclusión tan errática? Es importante reconocer que el argumento de Hume es muy humano, y que cualquiera podría planteárselo. No obstante, por su ateísmo, el grave error de David Hume consistió en perder todas las esperanzas de encontrar una respuesta racional a este difícil problema cuando de plano rechazó la revelación divina de las Sagradas Escrituras. Kant haría igual en época posterior.
   Respuestas humanistas y religiosas al problema del mal.  Pensadores de todos los tiempos han respondido de diversa forma al inquietante problema del mal. Desde tiempos inmemoriales el brahmanismo o religión de la India, basada en el enfoque panteísta, afirma que el mal es una ilusión (maya), una parte componente del ser divino. El filósofo Baruch de Spinoza (1632-1677) occidentalizó esta idea al decir que lo bueno y lo malo es una expresión necesaria de la totalidad de la creatividad divina. El dualismo de todos los tiempos representado por la religión persa o Zoroastrismo al igual que el Maniqueísmo, respondieron al problema del mal diciendo que existe dos principios eternos: uno bueno y uno malo, como luz y tinieblas que luchan por la supremacía del universo. Sin embargo, estas son respuestas que nunca han satisfecho plenamente al intelecto humano.
       Realidad existencial del problema del mal. El planteamiento del difícil problema del mal en relación a la bondad de Dios es algo que está más allá de nuestra presente capacidad de comprensión racional. El problema del mal está presente en nuestra mente cuando nos sentamos a comer en la mesa; al dar gracias a Dios por los alimentos decimos: “gracias te damos ¡oh! Señor por este pan, lo bendecimos en el nombre de Cristo, para tu gloria, ¡amén!”. Pero al mismo tiempo, nos damos cuenta que hay cientos de niños que minuto a minuto están muriendo de física hambre en países de Asia, África y de América Latina, regiones geográficas estereotipadas por el capitalismo como poblaciones del Tercer y Cuarto Mundo.
         Ahora bien, una contemplación más amplia del segundo argumento del ateísmo nos conduce a reflexionar aún más acerca de la realidad de los tristes sucesos noticiosos que dan cuenta de las más absurdas injusticias del hombre contra el hombre como: guerras, crímenes, violaciones, asesinatos, secuestros, etc. Es correcto afirmar que en esta vida el justo es castigado y el impío (aparentemente) es premiado. Ya lo dijo el sabio Salomón en su libro del Eclesiastés:
“Justo hay que perece por su justicia, y hay impío que por su maldad alarga sus días” (7:15). “Hay vanidad que se hace sobre la tierra: que hay justos a quienes sucede como si hicieran obras de impíos, y hay impíos a quienes acontece como si hicieran obras de justos. Digo que esto también es vanidad” (8:14).
         El problema se nos complica aún más al ver la realidad de la multiplicación de los problemas genéticos y las temibles enfermedades infecto-contagiosas como el Sida y otras, que afectan directamente a inocentes criaturas recién nacidas. Y tampoco deja de ser paradójico que los pobres de la tierra son los más azotados por los huracanes, terremotos y flagelos provenientes del mundo natural. Y por estos episodios muere bastante gente cuya vida quizá no merecía experimentar tan dolorosos episodios.
         Clases de mal. Los argumentos expuestos por el ateísmo como reflexión natural y válida es de dos clases: mal natural, y mal moral (pecado). El mal natural es aquel que proviene de las destructivas fuerzas de la misma naturaleza: terremotos, huracanes, inundaciones, etc. Pero, también la ciencia predice choques de grandes meteoritos provenientes del espacio exterior contra la tierra, y que en el futuro podrían ocasionar catástrofes. El mal moral implica las maldades o pecados cometidos por el hombre, única criatura que como agente moral libre puede premeditar el mal contra su prójimo. En esta clase de mal sólo el hombre es responsable, el cual dará cuentas a Dios por la violación de su ley moral y eterna. De otro lado, se puede apreciar que hay enfermedades que son el resultado de la pobreza económica, o por un mal estilo de vida, o una dieta indebida; hay accidentes fatales que más bien son producto de la irresponsabilidad humana aunque permitidos por la soberanía de Dios, etc. A decir verdad, varios aspectos del mal en general nos conduce a reflexionar que no siempre deben verse como golpes de un destino ciego, tampoco como la voluntad de la “eficiencia divina” en el sentido de que Dios crea estos males y se complace en las tragedias de sus criaturas (Job 34:10; 1 de Juan 1:5).
         Pero, sea como sea, lo anterior por lógica nos conduce a formular varios interrogantes: ¿Por qué Dios no impide el mal y las desgracias? ¿Por qué no lo erradica de la faz de la tierra? ¿Por qué permite Dios que exista un mundo en el que ocurren tan terribles desventuras? Siendo él todopoderoso y lleno de bondad, ¿no pudo haber concebido un mundo en el que no existiera el mal?
         Turbado por la realidad del mal en este mundo y ante el cual, un Dios bueno e inteligente creó el presente universo, Dawkins arremete en el capítulo 2 de su libro de una forma inusual, grotesca y blasfema contra Dios. Al describir a Yahweh –transliteración hebrea de Dios en el Antiguo Testamento—, culpa a Dios de todos los crímenes concebibles e inconcebibles.
         En otro lado, en el capítulo 6 de su obra, el autor en mención prefiere creer de forma necia y desatinada que por lo menos el problema del mal moral en los seres humanos es de carácter genético. En su opinión hay genes malos y genes buenos. Y cree que estos algún día podrán mejorar con el avance de las ciencias. Hay un rechazo frontal a la idea bíblica del pecado. En vez de esto, mantiene que nuestra moralidad tiene una explicación darwiniana: genes altruistas han sido seleccionados a través del proceso de nuestra evolución y que poseemos empatía natural.

Respuesta cristiana al problema del mal
         El cristianismo evangélico y en general nunca ha rehusado dar respuesta a este difícil problema. Tampoco ha desestimado el mal diciendo que es irreal o insignificante. Basado en la Biblia la convicción cristiana enseña que el mal es permitido por un Dios Soberano con un fin específico: demostrar al hombre que no vale la pena vivir independiente de Él. Que el mal será vencido al final, y que el mal, en el fondo es compatible con la bondad de Dios cuando sus propias criaturas se rebelan contra su voluntad. Examinemos otros ángulos de esta repuesta:
         Los orígenes del mal. Con las palabras del Génesis 1:31, “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera...”, surge un gran interrogante: ¿cómo apareció el mal en un mundo que por Dios fue creado bueno? Responder a esta pregunta tampoco explica la presencia del mal. Sin embargo, la interpretación cristiana del origen del mal puede ayudarnos a comprender mucho la anormalidad del presente mundo.
         San Agustín fue uno de los primeros en dar una respuesta teológica y filosófica al deprimente problema del mal. “Dios –dice Agustín– quien es esencialmente bueno creó un mundo fundamentalmente bueno. El mal resultó cuando la criatura finita cambió el deseo por el mayor bien en el deseo de un bien menor. “Aún la naturaleza del diablo, en lo que concierne a su naturaleza, no es mala; fue la perversidad –el no ser fiel a sí mismo– que lo hizo malo. El diablo no estuvo firme en la verdad, y por tanto, no escapó del juicio de la verdad”
         La tesis de san Agustín parte del hecho Bíblico de que el mal no pertenece a la esencia del orden creado. Sino a su presente existencia caída. Filósofos posteriores como Leibnitz, (1646-1716) sostuvieron con propiedad que el mal es una privación (o negación) de la buena creación de Dios, y no algo positivo; es accidental, no esencial.       
         El misterio del mal. Ni el cristiano ni ningún hombre pueden comprender en el fondo por qué Dios permitió la entrada del mal en el universo. No obstante, el cristiano tiene la convicción de que Dios tiene una razón poderosa para haberlo permitido, y por lo tanto tiene una esperanza de que algún día Dios haga resplandecer su gloriosa luz sobre tan terrible misterio. Alvin Platinga, teólogo calvinista (reseñado en pie de página anterior), explicó bien esta cuestión al decir: ¿“Por qué suponer que si Dios tiene una buena razón para permitir el mal, el teísta sería el primero en saberla? Quizá Dios tiene una buena razón, pero esa razón es demasiada complicada para que nosotros la entendamos”.[8] De otro lado, el misterio del mal puede resolverse cuando tratamos el caso del libre albedrío. ¿Hubieran sido los ángeles o los hombres verdaderas criaturas morales si Dios los hubiera creado como simples robots? Los ateos han respondido a esto diciendo que “Dios hizo agentes morales libres para hacer elecciones morales erróneas”. Pero un agente libre como el hombre que nunca hubiera podido hacer el mal es una imposibilidad lógica en un mundo de seres morales. En tal sentido si Dios hubiera creado seres para que siempre hicieran lo correcto, a esto no se le podría llamar libertad moral. En otros términos, el mal resultó de las decisiones erróneas de los seres morales creados por Dios: los ángeles y el hombre como varón y hembra.
      Propósitos amplios, actuales y finales de Dios en relación al mal como respuesta al ateísmo.
        El “propósito amplio” de Dios al permitir la entrada del mal no es de fácil definición.[9] Por el momento no habría una explicación satisfactoria al decir que Dios permitió la entrada del pecado “conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Efesios 1:11, VRV60). A decir verdad, esto es todo lo que podemos decir si no queremos ir más allá de los límites de la divina revelación. No obstante, hay en la Biblia algunas indicaciones que nos permiten entender el “propósito más amplio” de Dios, principio de una gran satisfacción moral e intelectual. Tenemos el caso de José en Egipto. Este patriarca fue secuestrado y vendido por sus hermanos, sufrió indecibles injusticias; sin embargo, luego de sus padecimientos, y cuando subió al trono de Egipto dijo a sus hermanos: “Vosotros pensasteis mal contra mí, más Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo” (Génesis 50:20). Aquí, con claridad podemos notar la amplitud del propósito que Dios tenía al permitir el pecado de la familia de José. Un drama histórico, paralelo, es el caso de Job. Una lectura de este libro nos muestra la acción del mal en sus diferentes manifestaciones en contra de “un hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1:1). Empero, al final del libro se nos presenta el hecho de que Dios tenía con Job unos propósitos más amplios y de mucha bendición para con su siervo (léase el capítulo 42:1-17). Finalmente en el Nuevo Testamento tenemos el triunfo de Dios sobre el mal. La crucifixión de Cristo, desde el punto de vista humano fue una gran tragedia; pero según Dios, su muerte y resurrección proveyeron el medio para la renovación del orden caído. Pablo apóstol dijo: “Porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (ver Romanos 8:21-23). “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2ª de Corintios 5:17). Una vez más concluimos con San Agustín que el mal es una privación y no algo positivo en la creación.
         4.3.2. Los “propósitos actuales” de Dios. En este mismo orden de ideas, de nuevo citamos a san Agustín: “A Dios le pareció mejor lograr el bien a partir del mal que padecer el hecho de que el mal no existiese”.Bíblicamente podemos percibir que a veces –pero no siempre–, sobre la base de la obra redentora de Cristo Dios atrae a su pueblo escogido permitiendo el mal sobre ellos para perfeccionarlos según el ideal ético y moral del Evangelio. El mal funciona como una herramienta pedagógica en la vida de las personas. Ireneo, (130-202 d. C.) uno de los primeros padres de la iglesia decía que “esta vida se entiende como el contexto para el crecimiento espiritual, un valle en formación de almas”. Es hermoso imaginarnos un mundo perfecto sin las presentes condiciones del mal; pero por otro lado, como dice John Hick, “...tal mundo, por mucho que fomente el placer estaría muy mal adaptado para el desarrollo de las cualidades morales de la personalidad humana. En relación con este propósito, ¡dicho mundo podría ser el peor de todos los mundos posibles!
         4.3.3. Al tratar con los “propósitos finales” de Dios como nuestro punto definitivo debemos decir que, el mal, de alguna manera, dentro de los planes inescrutables de Dios, finalmente contribuirá a un más alto bien. El salmista confiesa: “la ira del hombre te alabará” (Salmos 76:10). Nuevamente Agustín de Hipona sobre este tema solía decir: “Oh feliz culpa que mereció tan grande redentor” (a Cristo). Hay que aclarar que ni la miseria ni el pecado en sí mismos son los objetos para lograr el más alto bien; sino las personas capaces de pecar y de sufrir se convierten en los objetos necesarios para que comprendan la riqueza de la perfección en Cristo. La Biblia enseña que según el propósito final de Dios consiste en vencer definitivamente a sus enemigos que también son los nuestros; a la muerte, “Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte” (1ª de Corintios 15:26); a Satanás, “Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás (y su anticristo) bajo vuestros pies” (Romanos 16:20; Apocalipsis 19:20; 20:10); y la Gran Babilonia, símbolo de todos los sistema culturales y religiosos falsos y corrompidos (Apocalipsis 18:2,21).
         Sin embargo el “propósito final” de Dios tiene que ver con la instauración de los “cielos nuevos y tierra nueva” donde mora la perfecta justicia (lea Apocalipsis caps. 21 y 22). Allí Dios promete gloriosas promesas como estas: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apocalipsis 21:4).

         Con todas estas explicaciones fundamentadas en la Palabra de Dios, ¿vale la pena seguir siendo ateo o apoyando el ateísmo con un estilo de vida descreído frente a Dios y la realidad de este mundo tal como lo hace Richard Dawkins y la Asociación Humanista Británica de Londres?

5.  Clases de ateos
         El final de este breve ensayo lo focalizamos desde la perspectiva de la teología bíblica para tratar las clases de ateos implícitamente presentados en las Sagradas Escrituras.
         5.1. Ateos prácticos. La naturaleza del problema de los ateos prácticos consiste en el estilo de vida de aquellas personas que dicen creer en Dios pero con los hechos lo niegan (Tit. 1:15,16). Muchos hombres “cultos y decentes” son ateos prácticos por naturaleza. Muchas personas no son notoriamente malvadas y sin embargo son ateos prácticos (Sal. 14:1; Ef. 2:12). Otros declaran creer en Dios o tienen algún otro dios pero viven vidas perversas (Rom. 1:28-32). Tienen la fe de los demonios (Sgo. 2:19).
         Ejemplos bíblicos de ateos prácticos: Herodes (Mc. 6:20); Félix el gobernador (Hch. 24:24,25), el rey Agripa (Hch. 26:26-28).
         5.2. Ateos por orgullo. Es aquel clásico arrogante con exceso de estimación propia, y para sostener esta perversión niega a Dios. Un claro ejemplo lo tenemos en Éxodo 5:1-2. En estos textos vemos a un Faraón arrogante y autosuficiente. ¿Quién es Jehová? –pregunta con desprecio–. El ateo por orgullo es aquel que se niega a reconocer la existencia y el deber de relación con Dios. En el fondo, los ateos por orgullo se creen dioses. Cuando el engreimiento de esta clase de personas sobrepasa el límite llegan a confiar más en su prestigio o fama, inteligencia o capacidad intelectual, en el poder económico o en el poder político que adquieren. Detentando todo esto, no puede haber lugar para Dios en su pensamiento. “Dice el necio en su corazón: No hay Dios” (Salmos 14:1).
         5.3. Ateos teóricos. Son los que niegan la existencia de Dios y su relación con este mundo por medio de la argumentación intelectual y teórica estilo R. Dawkins en nuestros días. Las supuestas bases científicas y filosóficas que arguyen terminan por hacerles considerar que, en el fondo ellos mismos son Dios. La gran mayoría de los ateos teóricos se suscriben a la infantil idea de que nadie ha visto jamás a Dios. Por lo tanto, Dios no existe. Y en efecto esto es lo que dice el apóstol Juan: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Juan 1:18). El ateo de cualquier clase pierde la esperanza de conocer a Dios cuando niega que Jesucristo sea la perfecta revelación de Dios Padre. Cristo mismo dijo: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Juan 14:9).
         Es por ello que retrotrayendo la argumentación de Ludwig Feuerbach, no convence cuando decía que “la idea de Dios es un producto del cerebro así como el hígado segrega la bilis”. Por su parte, Kant también llegó a decir que Dios solo es una “idea especulativa” necesaria para fundamentar nuestros conceptos éticos y morales, y por esta razón, es una idea sin la cual el hombre no puede vivir.

Científicos metidos a profetas ateos humanitarios

Se propalan en los medios las apreciaciones de Stephen Hawking, que como muchos otros científicos, como lo hiciera ya Einstein, quieren sentar plaza de profetas de la humanidad autónoma. Dicen que el mundo y nosotros estamos solo con nosotros mismos, y que el que crea otra cosa cree en cuentos de hadas. Como método científico deja mucho que desear. No les basta ser científicos tienen que ser profetas falsos y arrastrar a la gente.
Hawking fue cuidado con esmero por una buena esposa católica, y quizá es eso lo que no perdona, haber sido objeto de la compasión divina.
La ciencia no se opone a la fe, son los que hacen cientismo, es decir ideologíca científica, que quieren enseguida ser guías ciegos de la humanidad, invocando psicoanálisis y filosofía materialista en sus propósitos. Naturalmente muchos están encantados con esto, se sienten fortificados en su vida autónoma de autodioses y pueden aplazar sine die la reforma de sus vidas, ya que no hay nadie que les vea ni que sepa lo que hacen ni que les pedirá cuentas. Les bastaría reconocer que no van a ninguna parte como autoidolos. Siguen a los falsos profetas que dicen lo que les gusta oir. Se ponen soberbios, es decir, quieren el placer de sentirse por encima de Dios, al que declaran una nada. Si superan lo que será de ellos de seguir así, cuando Dios va retirando su presencia. Sentirán la desesperación y entonces a quién le van pedir ayuda, ¿a Hawking? No, no estará él, no sentirán a nadie y tendrán que saber lo que es una vida de tinieblas.

Progreso de la revelación de Dios



Síntesis del progreso de la revelación de Dios, desde la imagen primitiva tras la caída del paraíso y dominio de las mal llamadas divinidades, usurpaciones del verdadero Dios, pasando por la pervivencia en el pueblo judío hasta la revelación de María Santísima como la Gran pequeña puerta hacia su Hijo, Dios hombre, y por tanto hacia el Padre y el Espíritu Santo

Crítica de Fernando Bermejo al libro En defensa de Dios

 En: http://www.tendencias21.net/crist/La-abogada-de-Dios-Sobre-un-libro-de-Karen-Armstrong-II_a545.html

 El libro de Karen Armstrong, En defensa de Dios. El sentido de la religión, Paidós, Barcelona, 2009 (The Case for God. What Religion Really Means, Random House, London, 2009), cuyas tesis principales expuse brevemente en el post anterior está, lamentablemente, plagado no solo de interpretaciones muy discutibles de algunos datos históricos, sino también de simplificaciones y de errores manifiestos. En lo que sigue me limitaré solo a algunos de los límites que creo percibir en esta obra.

Un problema básico es que la división de Armstrong, fundamental en su libro, entre dos visiones de la divinidad y la religión (una “premoderna”, en la que la praxis sería esencial para la religiosidad, y otra “moderna”, en la que la religión sería básicamente un asunto de creencia) es una simplificación tan gratuita como insostenible. De hecho, resulta muy obvio que las creencias tienden siempre a justificar ciertas praxis, y estas presuponen a su vez un conjunto de creencias. Las religiones parecen haber ofrecido siempre mito, ritual y simbolismo, pero también postulados concretos (v. gr. que Jesús es Dios encarnado, que murió por los pecados de la humanidad y resucitó de entre los muertos, que la Eucaristía es realmente su sangre y carne…). Así pues, que la religión es (también) un asunto de creencia no es una malinterpretación de sus críticos irreligiosos o de los fundamentalistas, sino un hecho, y algo aceptado (comprensiblemente) por la inmensa mayoría de los homines religiosi. Hasta tal punto es así, que la misma autora debe reconocer que la obsesión por la ortodoxia es un rasgo del cristianismo antiguo (p. 128). Este es solo uno de los muchos contraejemplos posibles (y demoledores) a la tesis de la autora.

Por supuesto, el propósito de Karen Armstrong es manifiestamente apologético: aislar una presunta concepción pre-moderna de la religión, basada en la praxis (mejor dicho: en los aspectos de la praxis que a ella le resultan simpáticos, pues sobre otros de esos aspectos, más sangrientos o rocambolescos, prefiere convenientemente correr un tupido velo), le permite descuidar una nada desdeñable cantidad de creencias religiosas que no son otra cosa que puras insensateces. Lástima que el resultado de la autora sea una simple invención.

Otro problema, asociado al anterior, es el uso constante de juicios de valor, identificando la autora ad libitum “religión” con “religión genuina” y ésta con una experiencia máximamente humanizadora (pp. 33-34), calificando Armstrong lo que no le gusta como "idolatría" o "aberración". Sin embargo, si la religión no es el súmmum de los males que pretende el anticlerical, tampoco es la panacea que ofrece el teólogo sofisticado.

La arbitrariedad de Armstrong se transparenta por doquier. Acusa a los fundamentalistas de leer la Biblia selectivamente, pero no sólo ella hace lo mismo (v, gr. ignorando lo que en la predicación de Jesús de Nzaret hay de violento y agresivo), sino que no puede evitar reconocer la violencia del Apocalipsis, el Deuteronomio o de ciertas aleyas del Corán (p. 327).

De hecho,el libro abunda en generalizaciones injustificadas y fácilmente refutables, como la de que “hasta comienzos de la época moderna nadie leyó una cosmología como un relato literal de los orígenes de la existencia” (p. 39), algo crasamente falso y francamente asombroso en alguien que se presenta como historiadora de las religiones. Así, en la tradición judía Ibn Ezra lo hizo, y también varios rabís en el Talmud. Los ejemplos de la tradición cristiana llenarían páginas. Ciertamente, es discutible si esa posición fue o no mayoritaria, pero la pretensión de Armstrong se halla en algún lugar entre la ignorancia y la deshonestidad intelectual.

La erudición e imparcialidad de la autora no siempre son sólidas: Armstrong denuncia, con razón, la falta de fundamento de algunos mitos pertinaces –y ya desenmascarados tiempo ha, como el de la incompetencia del obispo Wilberforce en su disputa con Huxley sobre la teoría evolucionista-, pero en su intento por armonizar religión y razón perpetúa otros de naturaleza apologética, como cuando <strong>pone en el mismo plano de intolerancia a Galileo y a los eclesiásticos que le censuraron </strong>(pp. 211-214). La ligereza -y la injusticia- del tratamiento de Armstrong puede comprobarse en este caso, por ejemplo, leyendo la amplísima y magnífica monografía del historiador de la ciencia Antonio Beltrán, Talento y poder.


En realidad, no sólo no es cierto que las críticas de los “nuevos ateos” sean tan ingenuas y superficiales como la autora pretende, sino que no resulta tranquilizador que Armstrong, que reconoce la existencia de otros ateos más sutiles (Daniel Dennett, pero también otros como V. Stenger o A. Comte-Sponville, a quienes no cita), no afronte sus críticas. Tal ausencia traiciona cierta carencia de hondura intelectual, y pone en cuestión incluso la honradez del enfoque. La calidad de esta estrategia puede evaluarse según un principio enunciado por la propia autora: “En cualquier estrategia militar es esencial enfrentarse al enemigo en su punto más fuerte; no hacerlo así pone de manifiesto que la polémica es superficial y carece de hondura intelectual”.

Si todo lo anterior es ya signo de una falta de rigor impropia de una persona con vocación intelectual, no es aún lo más grave. La cosa empeora todavía, y raya la infamia, cuando la autora, hacia el final de su libro, decide acusar a los “nuevos ateos” de no interesarse por el sufrimiento humano y de que “no muestran ningún anhelo por un mundo mejor” (p. 340). Lo cierto es que, por poner solo un ejemplo, una obra como The God Delusion de Richard Dawkins (dejando ahora al margen la plausibilidad de sus argumentos) revela una profunda preocupación por el sufrimiento físico, psicológico y moral de los seres humanos (y no solo de ellos). Intentar desacreditar a los “nuevos ateos” con este tipo de añagazas es de una mezquindad obvia, y nos retrotrae a épocas y procedimientos en que los cazadores de herejes intentaban desacreditar la heterodoxia de sus adversarios acusándolos de ser individuos soberbios y egoístas.

Para alguien que presume de unir rigor intelectual y fuerza moral, los resultados dejan bastante que desear. La autora diserta sobre casi todos los temas imaginables y llena su libro de nombres y obras, con lo que sin duda aspira a “épater le bourgeois” y a dar la impresión de una gran erudición. A costa, eso sí, de incurrir en arbitrariedades y errores flagrantes, tanto fácticos como interpretativos, e incluso en procedimientos éticamente deleznables.

Un libro como este puede sin duda proporcionar materia de reflexión sobre los temas que aborda, pero la fragilidad de su defensa de la religión –que aquí no hemos podido sino esbozar grosso modo no se le escapará al lector que no haya puesto en cuarentena su sentido crítico.

Saludos cordiales de Fernando Bermejo

El Dios de Karen Amstrong

La irlandesa Karen Armstrong es una experta mundial en religiones. Forma parte del comité de la Alianza de las Civilizaciones, el proyecto turco-español al amparo de la ONU y copresidido por Federico Mayor Zaragoza y el turco Mehmet Aydin.
Es miembro del "Jesús seminar", un importante think tank con sede en California para el estudio de la figura de Jesús desde las ciencias humanas y de una teología aeclesial; la corriente en la que se inscribe es la llamada "Tercera búsqueda del Jesús histórico".
Compuso la llamada Carta de la compasión, firmada por numerosas personalidades mundiales. La compasión sería el común denominador del núcleo verdadero de todas las religiones y para los cristianos se propone la dimensión compasiva como credo y enseñanza básica en relación con Jesús, una ortopraxis en oposición a una ortodoxia.
 Antigua religiosa irlandesa de una orden dedicada a la enseñanza, donde estuvo de 1962 a 1969, se dedicó tras su secularización al estudio de las religiones desarrollando una gran erudición. Ha escrito más de 20 libros, entre ellos el titulado "Agonías de convento" donde narra su traumático paso por el convento, y el último "En defensa de Dios", que sitúa a Dios en una equidistancia con respecto a creyentes y ateos, todos los cuales habrían malentendido la realidad de Dios cayendo en el fundamentalismo. Desterrado éste, todos los humanos podrían llegar a una comunión universal. La mística verdadera sería la de los místicos del no-saber, y toda proposición enunciativa sería contradictoria con la ultredad divina. Negando todo decir y uniéndose en el solo-hacer compasivo esto permitiría a la hermandad mundial ser finalmente feliz.
Dado que están muy imbuidas del pensamiento de Wittgenstein acerca de la arbitrariedad y limitación supremas del lenguaje, las tesis de Amstrong gustan especialmente entre los excreyentes que han nacido en una cultura social religiosa, porque de alguna manera éstos ven justificado su alejamiento. Un ejemplo tomado de un blog:
"La ciencia por lo tanto no debería inmiscuirse en la religión así como la religión no debería hacer ninguna declaración sobre hechos naturales. Una imagen que me ha gustado ha sido la idea de que no tiene sentido hablar en sí de la existencia de Dios, un Dios "creador" del universo jamás podría definirse con palabras, muchos menos sería apropiado preguntarnos si existe o no, sería algo infinito y parte de todos".
Defiende la separación absoluta entre fe y ciencia, como campos autónomos e imposibles de conciliar. Desconoce que a pesar de episodios escandalosos de incomprensión de la ciencia y sobre todo del machaqueo dos veces secular de invocar la ciencia como verdad absoluta, no hay otro horizonte razonable que el de una conciliación en la verdad; que se niegue la conciliación, más aún que se defienda la separación como remedio de paz, resulta extraño en una autora que defiende la conciliación como remedio para los males del mundo, excluendo precisamente ésta de fe y ciencia, que es mucho más fácil de lo que propone por cuanto innumerables científicos han sido a la vez hombres de fe y viceversa, sin ir más lejos el mismísimo autor de la teoría del Big Bang, el sacerdote católico Georges Lemaitre.
Las tesis de fondo de Amstrong no son nuevas en ningún caso, son un revival para nuevas generaciones y para excreyentes que han seguido vinculados a la religión sólo desde una teología cultureta, increyente en el fondo, aunque nombren al Jesús histórico por todas sus páginas.
Ciertamente el título es atractivo, "En defensa de Dios" y ¿qué creyente no quisiera hacer la defensa de su Dios? Pero los poco avisados, que son tantos, se confundirían y correrían riesgo, precisamente por su propia candidez, de dar por buenas tesis que aprecen ciertas por la sola exhibición erudita de la autora. La peor de todas es que Dios no sería un ente real, porque el lenguaje que usamos sería del todo inapropiado, incluso los términos "ente" y "real" serían meras construcciones de lenguaje; nos confina a no poder hablar ni pensar, a que toda palabra sea una convención que no remite a nada a no ser que se trate de un hecho científico.
Se desmonta nuestra misma capacidad de pensar y hablar, y por tanto nos dejaría, si por ella fuera, sin revelación divina, y sobre todo sin la resurrección del Señor, ya que ésta es excluida por principio entre los actuales estudiosos del "Jesus seminar" y sus corifeos por todo el globo, incluidos clérigos con dedicación pastoral. Y ya se sabe, sin revelación, sin resurrección no somos nada y entonces, qué casualidad, nos encontramos en la situación que hace las delicias luciferinas.
Una entrevista de Amstrong para un portal islamista nos permite saber además lo siguiente dicho por ella misma: Se dejó llevar de la histórica gran espantada de monjas tras el Vaticano II, y justificó su salida por la aniquilación del ego en su vida conventual; probó carrera universitaria pero fue suspendida en su tesis doctoral, lo que se saldó con escándalo que trascendió a la prensa consiguiendo anular el suspenso. Pero no pudo hacer carrera y se vio obligada a docencia de enseñanza media. Le quedó de cada uno de sus pasos en la vida una inmensa amargura, además de la enfermedad de la epilepsia. Participando de la amargura de la mujer de su época que quería liberarse del hombre no pudo sobrellevar vida de relación para evitar ningún sometimiento. Se sumó a los reformistas posvaticanos dedicándose a combatir toda autoridad en la iglesia considerándola como abusiva, para en una siguiente fase dedicarse a la erudición religiosa, pero siempre teniendo como telón de fondo no la investigación científica, sino propuestas de reforma del ser humano queriéndole quitar su agresividad o lo que ella entiende por tal. Usa los datos históricos-literarios para dar credibilidad a las tesis, pero su intención finalística la hace sumamente propensa a interpretaciones que expone como si fueran continuidad indisoluble de los hechos. Se ha sumado a la reedición  del viejo historicismo religioso tan peculiar de la cultura de inicios del siglo XX. Es prototipo de la evolución de la mujer moderna en su propia biografía que ha puesto en práctica las conclusiones de Sartre acerca de la condena a la libertad como único bagaje existencial.

Comentario al libro de Karen Amstrong, en defensa de Dios

 Reproducimos el comentario al libro de Amstrong por un prestigioso crítico británico en The Guardian, aun cuando sin hacernos partícipes de sus opiniones ni de las apreciaciones de la escritora. Amstrong hace una defensa de Dios, siguiendo una tercera vía entre defensores y ateos, quer tiene sus puntos lógicos y ciertos pero también sus verdades a medias. El mundo no es blanco o negro, no se divide entre fundamentalistas y ateos, hay posturas correctas que son las de los santos, cuyo saber queda silenciado.
Pero vamos con el comentario:

Karen Armstrong es uno de los pocos comentaristas sabios e inteligentes sobre religión que ha suscitado gran interés público. Sus objetivos son el fundamentalismo religioso, por una parte y el ateísmo militante, por otra: en otras palabras, al-Qaida así como Richard Dawkins. En lenguaje llano, y en ninguna parte más elocuente que en este nuevo libro, Armstrong acusa a las dos facciones de la incomprensión de la naturaleza de Dios y, curiosamente, de hacerlo de manera similar.Tanto los ateos y los fundamentalistas toman a Dios como un tipo esencialmente humano de la figura, un gigante Padre en el cielo que vela por nosotros, castiga a los culpables, interviene directamente en nuestros asuntos y es totalmente comprensible para nuestras mentes. "Con regularidad pedimos a Dios que bendiga a nuestra nación, guardar nuestra reina, curar nuestra enfermedad o darnos un buen día para hacer un picnic". Los fundamentalistas comete, en vista de Armstrong, el grave error de pretender conocer la mente de Dios y también de reclutar a Dios de su lado en contra de sus enemigos. Como era de esperar, los ateos militantes observan esta visión reduccionista de Dios y, a su vez tienen a la religión como una descripción del niño-como la del mundo que no se puede comparar con la sutileza y competencias prácticas de la ciencia.
El nuevo libro de Armstrong se configura como una respuesta a estas dos distorsiones. Ella cree que en realidad remiten el misterio de Dios. Su simpatía está con los grandes judíos, cristianos y teólogos musulmanes que han negado que cualquier intento humano de poner en palabras lo divino se precisa. Simplemente estamos demasiado limitados para poder conocer a Dios, nuestro temor por lo tanto, debe ser bañado con la conciencia de nuestra naturaleza provisional y potencialmente defectuosos. Ella escribe: "No es bueno, lo divino, de gran alcance o inteligencia de cualquier manera que podamos entender Ni siquiera podría decir que Dios existe", porque nuestro concepto de la existencia es muy limitado.
Gran parte del libro de Armstrong se dedica a señalar las necesidades profundas que las religiones han abordado tradicionalmente. Comienza en las cavernas de Lascaux, en Dordogne y sostiene que los ritos religiosos pronto para que las imágenes de animales famosos pertenecía estaban conectados con el deseo de nuestros antepasados para expiar la culpa autoritario que viene de tener a las criaturas carnicero que viven del otro para sobrevivir. Como el arte, la religión ha sido una forma de contener los sentimientos que de otra manera se puede romper los individuos y las sociedades de distancia. Armstrong se apoya en gran medida de la primera distinción hecha por los antiguos griegos entre los reinos de la mitología y los logotipos. Logos es "un modo pragmático de pensamiento que permite a las personas funcionar eficazmente en el mundo", es en lo que nos apoyamos en la hora de organizar la sociedad o la planificación de un viaje. Sin embargo, el logostiene sus limitaciones: "No se puede mitigar el dolor humano o encontrar el sentido último de la vida de luchas." Por esto, no es el reino del mito, a la que pertenecen la religión y el arte. La religión nos ofrece momentos de lo que Armstrong llamadas, utilizando otro término griego, éxtasis, un salir de la norma en aras de la liberación y consuelo.
Además de ayudarnos a lidiar con los sentimientos de miedo, la agresión y la culpa, la religión es también defendida por Armstrong como una fuente de la compasión. Ella relata la historia de un hombre que una vez vino a ver el gran rabino Hillel y le preguntó si podría realizar un riguroso curso de estudio de la Torá con él. Hillel le indicó de inmediato: "Lo que es odioso para ti, no a su prójimo que es la totalidad de la Torá y el resto, pero el comentario Ir a aprenderlo..." Armstrong sigue el énfasis en la compasión a través de las grandes religiones. Hay discusiones fascinantes aquí del estado budista de "anatta", o por cuenta propia no, una condición deseable que se puede llegar sólo a través de la meditación extensa. Se nos puede llevar, por períodos breves, a mirar el mundo como si no fuéramos nosotros mismos los participantes en él, y por lo tanto liberarnos de nuestros impulsos nocivos para juzgar y para presumir que sabemos por qué otras personas han actuado de la forma en que han .
La parte final del libro traza Armstrong el crecimiento del ateísmo moderno y lo atribuye en gran medida al fracaso las religiones 'para defender lo que es más convincente acerca de ellos. Fatalmente, las religiones trataron de defenderse de la ciencia con el argumento de que sabían la verdad mejor que los geólogos, en lugar de presentar ellos mismos (como uno se siente Armstrong hubiera deseado), como los guardianes del misterio y de maniobras terapéuticas de la mente.
Un tono melancólico a veces se hace sentir en este libro, como uno siente el autor defiende la religión de sus impulsos más propios. Como una ex monja, la perspectiva de Armstrong es único en su combinación de simpatía y la falta de sentimentalismo hacia las formulaciones más salvaje de la religión y las reivindicaciones inmaduras. Ella se une a Richard Holloway y Charles Taylor como uno de los defensores contemporáneos más inteligente de la religión, por lo que un caso que escrupulosamente evita la dependencia de la sobrenatural. Al igual que en gran parte del resto de su cuerpo enorme de trabajo impresionante, Karen Armstrong nos invita a un viaje a través de la religión que nos ayuda a rescatar lo que queda de sabiduría ahí y que para muchos en Gran Bretaña hoy en día ya no parece ser cierto.


(Crítica al libro de Karen Amstrong "En defensa de Dios" por Alan Botton en The Guardian, el periódico donde la misma Armstrong es colaboradora habitual)