La evolución frente a Dios
Todos usamos al enfrentarnos, ateos y creyentes, un mismo argumento: lo que el otro dice responde a una necesidad psicológica y a una voluntad previa. El ateo dice que el creyente cree porque es un ser débil que necesita sentirse seguro, que cree porque necesita creer. El creyente dice del ateo o del agnóstico que no cree porque no quiere reconocer a un ser superior, que la nocreencia es el resultado de un orgullo previo, por tanto un apriori.
La teoría de la evolución surgió dentro del clima de negación atea y de un ámbito de en aquellos tiempos incipientes científicos que tenían el programa de negar todo lo sobrenatural. Este apriori determinó en buena medida el éxito del darwinismo o teoría de la selección natural: un proceso ciego y automático determina a la naturaleza. Hoy sabemos que el darwinismo tuvo elementos de realidad y que sirvió también como ariete contra la fe en el Creador. En la biblia no hay ninguna indicación de cambios en los seres vivos, y todos surgieron tal cual están por orden divina.
En realidad, el darwinismo es una media verdad, la parte buena es la que habla de una evolución, la mala es aquella que niega toda génesis inteligente. No hay eslabones perdidos por ninguna parte, no hay ninguna secuencia ni completa ni siquiera a medias de seres vivos relacionados con millones de años de por medio. Pero si entendemos que Dios actúa permanentemente como Creador, podemos decir que cada paso evolutivo fue introducido por El; los saltos cualitativos que vemos, con formas que recuerdan a las pasadas, pero que es imposible que resulten de leyes biológicas previas; las leyes biológicas van siendo producidas continuamente por Dios y no hay una primera que obligue a toda la secuencia posterior. Cada nueva especie va surgiendo por estratos sucesivos con materiales antiguos, con nuevas leyes apareciendo.
Por eso el ser humano tiene estratos anteriores en su ser, y a la vez no es un heredero simple de los animales anteriores. El ser humano pasa de simple animal, a animal con razón que va mejorando progresivamente, pero lo que le constituye como la gran y única especie, no es la razón, contra lo que ha dicho la propaganda iluminista de los siglos anteriores, sino el alma, participación divina, lo que le constituye ser espiritual. Incluso si a un humano le faltara la razón por completo, todavía sería ser espiritual también por completo.
El alma se infunde junto a la generación carnal aunque no sabemos en estos tiempos de profunda manipulación genética en qué punto Dios puede decidir no insuflar alma a los seres carnales que tecnólogos de la biología qieran producir. Una nueva raza sin alma insuflada podría estar existiendo, y como resultado que es de la soberbia humana, está llamando a voz en grito, como ocurriera en los días de Noe, a la justicia divina.
La teoría de la evolución surgió dentro del clima de negación atea y de un ámbito de en aquellos tiempos incipientes científicos que tenían el programa de negar todo lo sobrenatural. Este apriori determinó en buena medida el éxito del darwinismo o teoría de la selección natural: un proceso ciego y automático determina a la naturaleza. Hoy sabemos que el darwinismo tuvo elementos de realidad y que sirvió también como ariete contra la fe en el Creador. En la biblia no hay ninguna indicación de cambios en los seres vivos, y todos surgieron tal cual están por orden divina.
En realidad, el darwinismo es una media verdad, la parte buena es la que habla de una evolución, la mala es aquella que niega toda génesis inteligente. No hay eslabones perdidos por ninguna parte, no hay ninguna secuencia ni completa ni siquiera a medias de seres vivos relacionados con millones de años de por medio. Pero si entendemos que Dios actúa permanentemente como Creador, podemos decir que cada paso evolutivo fue introducido por El; los saltos cualitativos que vemos, con formas que recuerdan a las pasadas, pero que es imposible que resulten de leyes biológicas previas; las leyes biológicas van siendo producidas continuamente por Dios y no hay una primera que obligue a toda la secuencia posterior. Cada nueva especie va surgiendo por estratos sucesivos con materiales antiguos, con nuevas leyes apareciendo.
Por eso el ser humano tiene estratos anteriores en su ser, y a la vez no es un heredero simple de los animales anteriores. El ser humano pasa de simple animal, a animal con razón que va mejorando progresivamente, pero lo que le constituye como la gran y única especie, no es la razón, contra lo que ha dicho la propaganda iluminista de los siglos anteriores, sino el alma, participación divina, lo que le constituye ser espiritual. Incluso si a un humano le faltara la razón por completo, todavía sería ser espiritual también por completo.
El alma se infunde junto a la generación carnal aunque no sabemos en estos tiempos de profunda manipulación genética en qué punto Dios puede decidir no insuflar alma a los seres carnales que tecnólogos de la biología qieran producir. Una nueva raza sin alma insuflada podría estar existiendo, y como resultado que es de la soberbia humana, está llamando a voz en grito, como ocurriera en los días de Noe, a la justicia divina.