El mal de la sociedad espectadora
Ha publicado el filósofo vasco Aurelio Arteta un libro (*) de reflexión mixta de sociología filosofía, sobre la banalidad del mal desde la experiencia de las últimas décadas de la sociedad vasca, que ha hecho evidente una figura que ya se advirtió en la era nazi, y que consiste en una población de zona gris, que no pertenece a los agresores ni a las víctimas, pero que peca por omisión, por nulidad moral sobre el sentido del deber de ayudar al prójimo perseguido.
Libro penetrante donde la reflexión está fecundada por la experiencia. No desdeña la mención del papel de Dios en todo esto, pero este punto lo considera camino fatalmente vetado y emprende un camino novedoso, el de la exculpación de Dios por falta de responsabilidad divina en lo que ocurre entre nosotros. Ya es un avance con respecto al sistemático procesamiento hecho a Dios en nuestro último siglo, en lo social y en la vida personal, pero le deja al hombre solo, con sus propias fuerzas, es el hombre el que debe dar las soluciones y dejar de mirar a Dios de la única manera que sabría hacerlo que es acusándole, una pérdida de tiempo.
El camino no tiene salida, el hombre no tiene fuerza para enfrentarse aisladamente al mal, pero sí puede hacer siquiera una petición in extremis a Dios. El mal acucia al hombre siendo obra del hombre, pero tambien tiene su lado bueno, y es el de que acuciando al hombre éste se vuelva al Dios que olvida cuando las cosas le van bien. Aurelio Arteta se forjó en la época de triunfo social de la iglesia, muchos de cuyos miembros hicieron luego guerra social, a menudo desde una incitación secreta de los propios eclesiásticos (algo comprensiblemente minimizado por lo escandaloso, pero cosa común en las guerras carlistas), en consecuencia la iglesia pero sobre todo Dios salieron perjudicados. Los formados en aquella generación algunos de los cuales optaron por la resistencia pública al combinado eclesial-guerrillero, lo hicieron desde la moral existencialista de la que no consiguen despegarse y que incluía la evitación metódica de Dios. El estoicismo tiene muy poco que hacer por más que esté cargado de razones, es la fe armada por las devociones la que tiene poder. El mal debe verse también o sobre todo desde el paradigma que nos ofrece la condena social de Jesús, este paradigma no tiene vuelta de hoja, es histórico y predictivo a la vez. Hay cuatro categorías, los ideólogos del crimen, los que se ven forzados a ser el brazo ejecutor, la gran masa que calla y otorga, el mínimo grupo de seguidores que ha dado la cara pero que se ve atado de pies y manos y sólo puede sufrir y tener piedad, como víctima aledaña a la gran víctima. No hay filosofía estoica que pueda resolver este cuadro o no es por ahí por donde puede resolverse. Porque es la hora del mal, que tiene su tiempo, eso sí propiciado desde la estulticia preparatoria de un pueblo de bajas pasiones. Desde ahí se generarán los martirios de las víctimas propiciatorias, sacrificados en el altar de la serpiente.
Queda huir de Jerusalén, (no interpretar esto sólo en sentido emigratorio físico sino en el mapa interior), porque tras el tiempo del triunfo de la cobardía de las masas, de los ejecutores y de los ideólogos del crimen, Dios va a hacer justicia, a su modo, con su calendario, cuando los hombres no puedan comprender la relación entre causa y efecto, porque no se merecen ni siquiera esto.
(*) Mal consentido. La complicidad del espectador indiferente. Alianza 2010.
Libro penetrante donde la reflexión está fecundada por la experiencia. No desdeña la mención del papel de Dios en todo esto, pero este punto lo considera camino fatalmente vetado y emprende un camino novedoso, el de la exculpación de Dios por falta de responsabilidad divina en lo que ocurre entre nosotros. Ya es un avance con respecto al sistemático procesamiento hecho a Dios en nuestro último siglo, en lo social y en la vida personal, pero le deja al hombre solo, con sus propias fuerzas, es el hombre el que debe dar las soluciones y dejar de mirar a Dios de la única manera que sabría hacerlo que es acusándole, una pérdida de tiempo.
El camino no tiene salida, el hombre no tiene fuerza para enfrentarse aisladamente al mal, pero sí puede hacer siquiera una petición in extremis a Dios. El mal acucia al hombre siendo obra del hombre, pero tambien tiene su lado bueno, y es el de que acuciando al hombre éste se vuelva al Dios que olvida cuando las cosas le van bien. Aurelio Arteta se forjó en la época de triunfo social de la iglesia, muchos de cuyos miembros hicieron luego guerra social, a menudo desde una incitación secreta de los propios eclesiásticos (algo comprensiblemente minimizado por lo escandaloso, pero cosa común en las guerras carlistas), en consecuencia la iglesia pero sobre todo Dios salieron perjudicados. Los formados en aquella generación algunos de los cuales optaron por la resistencia pública al combinado eclesial-guerrillero, lo hicieron desde la moral existencialista de la que no consiguen despegarse y que incluía la evitación metódica de Dios. El estoicismo tiene muy poco que hacer por más que esté cargado de razones, es la fe armada por las devociones la que tiene poder. El mal debe verse también o sobre todo desde el paradigma que nos ofrece la condena social de Jesús, este paradigma no tiene vuelta de hoja, es histórico y predictivo a la vez. Hay cuatro categorías, los ideólogos del crimen, los que se ven forzados a ser el brazo ejecutor, la gran masa que calla y otorga, el mínimo grupo de seguidores que ha dado la cara pero que se ve atado de pies y manos y sólo puede sufrir y tener piedad, como víctima aledaña a la gran víctima. No hay filosofía estoica que pueda resolver este cuadro o no es por ahí por donde puede resolverse. Porque es la hora del mal, que tiene su tiempo, eso sí propiciado desde la estulticia preparatoria de un pueblo de bajas pasiones. Desde ahí se generarán los martirios de las víctimas propiciatorias, sacrificados en el altar de la serpiente.
Queda huir de Jerusalén, (no interpretar esto sólo en sentido emigratorio físico sino en el mapa interior), porque tras el tiempo del triunfo de la cobardía de las masas, de los ejecutores y de los ideólogos del crimen, Dios va a hacer justicia, a su modo, con su calendario, cuando los hombres no puedan comprender la relación entre causa y efecto, porque no se merecen ni siquiera esto.
(*) Mal consentido. La complicidad del espectador indiferente. Alianza 2010.