NeoAteismo. Dawkins o el cientismo contra Dios
Los argumentos del ateísmo
Desde la Edad Media se hizo costumbre reducir a dos los principales argumentos del ateísmo:
1. “Dios
no es necesario, ya que el mundo, la vida y la historia pueden
explicarse científicamente sin tener que apelar a un ser infinito,
invisible y trascendente”.
2. “La
existencia del mal y la injusticia en el mundo es totalmente
incompatible con la existencia de Dios. O Dios no es lo suficientemente
justo y bueno para evitar tantas desgracias, o no es lo bastante sabio y
poderoso para controlar este universo que supuestamente él mismo ha
creado”.
Respuesta al argumento 1
Tal como queda enunciado arriba, al leer su libro, El Espejismo de Dios,
uno percibe que Dawkins todavía emplea la misma y raída tesis de los
ateos teóricos provenientes de la misma época de la Ilustración francesa
y alemana del siglo XVIII. Allí consigna 4 mensajes a los que denomina como “aumentadores de conciencia” para el hombre del siglo XXI:
· Los ateos pueden ser felices, equilibrados, morales e intelectualmente satisfechos.
· La
selección natural y teorías científicas similares son superiores a
hipótesis basadas en Dios — como la falacia del diseño inteligente— en
lo que se refiere a la explicación del mundo vivo y el cosmos.
· Los
niños no deben ser etiquetados por la religión de sus padres. Términos
como "Niño católico" o "Niño musulmán" hacen que la gente retroceda.
· Los
ateos deben estar orgullosos y no compungidos, debido a que el ateísmo
es una prueba de tener una mente saludable e independiente.
Por
regla general, personas como Richard Dawkins, que se han adscrito a la
ciencia materialista que rechaza a Dios, no pueden explicar
suficientemente el orden del universo; tampoco su origen, mucho menos su
complejidad actual. Es un axioma reconocido por la misma ciencia que
hasta el presente, la ciencia sólo nos puede decir qué es el universo,
pero no el cómo y el por qué del majestuoso universo físico que captan
nuestros sentidos. El “qué” científico lo único que hace es “observar”,
“descubrir”, “describir” y “comparar” lo que ya existe, lo que Dios
creó. La teoría sustituta de la evolución y la casualidad fortuita de
millones de átomos que se auto-organizan sin la intervención de una
inteligencia superior, no es consistente con lo que el hombre mismo ha
descubierto acerca del mismo universo material. Es por ello que a
Dawkins tanto le molesta la interpretación bíblica y teológica del
“diseño inteligente” del cosmos, nuestro presente mundo.
El
mismo análisis racional nos dice que es imposible que la materia se
hubiera auto-organizado sola, al azar y por casualidad; esto es lo que
dice el principio filosófico conocido como “cálculo de probabilidades”,
principio que ha demostrado ser falso. Todas las leyes de la naturaleza
nos hablan más bien de que antes de existir una “suprema casualidad”, lo
que existe es una “Suprema Inteligencia” a quien llamamos Dios Padre.
El
capítulo uno del Génesis nos habla acerca de la actividad del
Todopoderoso Espíritu Santo que se movía sobre la faz de las aguas
trayendo orden, belleza y armonía, estableciendo lo que llamamos leyes
naturales; no puede haber, por tanto, inspiración artística y plástica
más gloriosa que la misma obra de Dios (Salmos 19: 1,2).
Los elementos y agentes naturales dejados a la casualidad, no serían
capaces de producir otra cosa que un desorden sin sentido. Pero pese a
todas estas evidencias, Dawkins prefiere afirmar la irracionalidad de la creencia en Dios.
La historia de la humanidad.
Prosiguiendo con nuestra respuesta a este primer argumento, y al
mencionar ahora la historia de la humanidad, está demostrado que la
humanidad está siguiendo un recorrido lineal en continuo progreso. No
hay duda que el avance de las diferentes eras o épocas nos advierten un
final. Desde el punto de vista teológico las Sagradas Escrituras enseñan
que el Omnipotente Dios tiene todos los asuntos bajo control, esto
incluye a los más pequeños detalles y los casos que parecen fortuitos o
sola casualidad (ver Proverbios 16:33; Daniel 4:35; Mateo 10:30).
Para no ir muy lejos, ningún ateo puede demostrar que Dios no está
gobernando los asuntos de los hombres. A menos que creamos que Dios está
conduciendo todos los eventos de la historia en general y de forma
detallada en nuestra propia vida personal, ciertamente que nos
sentiríamos muy desalentados en tiempos de adversidad. Es un consuelo
saber que el control y gobierno providencial de Dios es bueno y eficaz
sobre todo el universo: “Jehová estableció en los cielos su trono, y su
reino domina sobre todos” (Salmos 103:9).
Y en relación a que todos los detalles de la vida de cada ser humano es
un plan perfecto en manos de Dios leemos: “Por que tú formaste mis
entrañas, tú me hiciste en el vientre de mi madre... Mi embrión vieron
tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron
luego formadas sin faltar una de ellas” (Salmos 139:13,16).
No es extraño que los ateos que no pueden creer esto, con frecuencia
hayan terminado suicidándose, y han muerto llenos de horribles desdichas
e intranquilidad.
Recordemos
aquí las palabras de Augustus M. Toplady, teólogo calvinista quien
comentó: “La historia es la realización en el tiempo del ideal eterno”.
Al ateo le es imposible aceptar esta poderosa verdad, pues ha aprendido a
confiar en las fuerzas ciegas de la casualidad o lo que los marxistas
denominan “las fuerzas dialécticas de la historia”. Pero, debemos
preguntarnos: ¿cuál de estas dos posiciones humaniza y hace que el
hombre encuentre un mejor propósito en la vida?
¡Es una tragedia para cualquier ser humano vivir sin Dios!
Respuesta al argumento 2. Planteamiento del problema.
Es
bastante difícil pensar que alguien, en ningún momento, se haya sentido
profundamente confundido por el problema del mal. Mucho más cuando en
cualquiera de sus formas lo ha sufrido en carne propia. En estos tiempos
postmodernos el ateísmo promovido por el Dr. R. Dawkins vuelve a hacer
girar el antiguo argumento de Epicuro (341-270 a.C.)
que pretende ser la “prueba reina” para negar la existencia de Dios.
Esto mismo ya había hecho David Hume (1711-1776), quien en su clásico
significado relativo al problema del mal, escribió:
¿“Está
él (Dios) deseoso de prevenir el mal, pero no es capaz? Si así es, él
no es omnipotente. ¿Es Dios capaz pero no quiere? Si así es, entonces él
es malevolente. Ahora bien, si Dios quiere y es capaz, ¿de dónde
entonces el mal?”.
De
acuerdo a la intención de este argumento muchos concluyen que Dios no
existe. Pero, ¿es esto así? ¿Está facultado el hombre caído para sacar
una conclusión tan errática? Es importante reconocer que el argumento de
Hume es muy humano, y que cualquiera podría planteárselo. No obstante,
por su ateísmo, el grave error de David Hume consistió en perder todas
las esperanzas de encontrar una respuesta racional a este difícil
problema cuando de plano rechazó la revelación divina de las Sagradas
Escrituras. Kant haría igual en época posterior.
Respuestas humanistas y religiosas al problema del mal. Pensadores
de todos los tiempos han respondido de diversa forma al inquietante
problema del mal. Desde tiempos inmemoriales el brahmanismo o religión
de la India, basada en el enfoque panteísta, afirma que el mal es una
ilusión (maya), una parte componente del ser divino. El filósofo Baruch
de Spinoza (1632-1677) occidentalizó esta idea al decir que lo bueno y
lo malo es una expresión necesaria de la totalidad de la creatividad
divina. El dualismo de todos los tiempos representado por la religión
persa o Zoroastrismo al igual que el Maniqueísmo, respondieron al
problema del mal diciendo que existe dos principios eternos: uno bueno y
uno malo, como luz y tinieblas que luchan por la supremacía del
universo. Sin embargo, estas son respuestas que nunca han satisfecho
plenamente al intelecto humano.
Realidad existencial del problema del mal. El
planteamiento del difícil problema del mal en relación a la bondad de
Dios es algo que está más allá de nuestra presente capacidad de
comprensión racional. El problema del mal está presente en nuestra mente
cuando nos sentamos a comer en la mesa; al dar gracias a Dios por los
alimentos decimos: “gracias te damos ¡oh! Señor por este pan, lo
bendecimos en el nombre de Cristo, para tu gloria, ¡amén!”. Pero al
mismo tiempo, nos damos cuenta que hay cientos de niños que minuto a
minuto están muriendo de física hambre en países de Asia, África y de
América Latina, regiones geográficas estereotipadas por el capitalismo
como poblaciones del Tercer y Cuarto Mundo.
Ahora
bien, una contemplación más amplia del segundo argumento del ateísmo
nos conduce a reflexionar aún más acerca de la realidad de los tristes
sucesos noticiosos que dan cuenta de las más absurdas injusticias del
hombre contra el hombre como: guerras, crímenes, violaciones,
asesinatos, secuestros, etc. Es correcto afirmar que en esta vida el
justo es castigado y el impío (aparentemente) es premiado. Ya lo dijo el
sabio Salomón en su libro del Eclesiastés:
“Justo
hay que perece por su justicia, y hay impío que por su maldad alarga
sus días” (7:15). “Hay vanidad que se hace sobre la tierra: que hay
justos a quienes sucede como si hicieran obras de impíos, y hay impíos a
quienes acontece como si hicieran obras de justos. Digo que esto
también es vanidad” (8:14).
El
problema se nos complica aún más al ver la realidad de la
multiplicación de los problemas genéticos y las temibles enfermedades
infecto-contagiosas como el Sida y otras, que afectan directamente a
inocentes criaturas recién nacidas. Y tampoco deja de ser paradójico que
los pobres de la tierra son los más azotados por los huracanes,
terremotos y flagelos provenientes del mundo natural. Y por estos
episodios muere bastante gente cuya vida quizá no merecía experimentar
tan dolorosos episodios.
Clases de mal. Los argumentos expuestos por el ateísmo como reflexión natural y válida es de dos clases: mal natural, y mal moral
(pecado). El mal natural es aquel que proviene de las destructivas
fuerzas de la misma naturaleza: terremotos, huracanes, inundaciones,
etc. Pero, también la ciencia predice choques de grandes meteoritos
provenientes del espacio exterior contra la tierra, y que en el futuro
podrían ocasionar catástrofes. El mal moral implica las
maldades o pecados cometidos por el hombre, única criatura que como
agente moral libre puede premeditar el mal contra su prójimo. En esta
clase de mal sólo el hombre es responsable, el cual dará cuentas a Dios
por la violación de su ley moral y eterna. De otro lado, se puede
apreciar que hay enfermedades que son el resultado de la pobreza
económica, o por un mal estilo de vida, o una dieta indebida; hay
accidentes fatales que más bien son producto de la irresponsabilidad
humana aunque permitidos por la soberanía de Dios, etc. A decir verdad,
varios aspectos del mal en general nos conduce a reflexionar que no
siempre deben verse como golpes de un destino ciego, tampoco como la
voluntad de la “eficiencia divina” en el sentido de que Dios crea estos
males y se complace en las tragedias de sus criaturas (Job 34:10; 1 de Juan 1:5).
Pero,
sea como sea, lo anterior por lógica nos conduce a formular varios
interrogantes: ¿Por qué Dios no impide el mal y las desgracias? ¿Por qué
no lo erradica de la faz de la tierra? ¿Por qué permite Dios que exista
un mundo en el que ocurren tan terribles desventuras? Siendo él
todopoderoso y lleno de bondad, ¿no pudo haber concebido un mundo en el
que no existiera el mal?
Turbado
por la realidad del mal en este mundo y ante el cual, un Dios bueno e
inteligente creó el presente universo, Dawkins arremete en el capítulo 2
de su libro de una forma inusual, grotesca y blasfema contra Dios. Al
describir a Yahweh –transliteración hebrea de Dios en el Antiguo
Testamento—, culpa a Dios de todos los crímenes concebibles e inconcebibles.
En otro lado, en el capítulo 6
de su obra, el autor en mención prefiere creer de forma necia y
desatinada que por lo menos el problema del mal moral en los seres
humanos es de carácter genético. En su opinión hay genes malos y genes
buenos. Y cree que estos algún día podrán mejorar con el avance de las
ciencias. Hay un rechazo frontal a la idea bíblica del pecado.
En vez de esto, mantiene que nuestra moralidad tiene una explicación
darwiniana: genes altruistas han sido seleccionados a través del proceso
de nuestra evolución y que poseemos empatía natural.
Respuesta cristiana al problema del mal
El
cristianismo evangélico y en general nunca ha rehusado dar respuesta a
este difícil problema. Tampoco ha desestimado el mal diciendo que es
irreal o insignificante. Basado en la Biblia la convicción cristiana
enseña que el mal es permitido por un Dios Soberano con un fin
específico: demostrar al hombre que no vale la pena vivir independiente
de Él. Que el mal será vencido al final, y que el mal, en el fondo es
compatible con la bondad de Dios cuando sus propias criaturas se rebelan
contra su voluntad. Examinemos otros ángulos de esta repuesta:
Los orígenes del mal. Con las palabras del Génesis 1:31,
“Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran
manera...”, surge un gran interrogante: ¿cómo apareció el mal en un
mundo que por Dios fue creado bueno? Responder a esta pregunta tampoco
explica la presencia del mal. Sin embargo, la interpretación cristiana
del origen del mal puede ayudarnos a comprender mucho la anormalidad del
presente mundo.
San
Agustín fue uno de los primeros en dar una respuesta teológica y
filosófica al deprimente problema del mal. “Dios –dice Agustín– quien es
esencialmente bueno creó un mundo fundamentalmente bueno. El mal
resultó cuando la criatura finita cambió el deseo por el mayor bien en
el deseo de un bien menor. “Aún la naturaleza del diablo, en lo que
concierne a su naturaleza, no es mala; fue la perversidad –el no ser
fiel a sí mismo– que lo hizo malo. El diablo no estuvo firme en la
verdad, y por tanto, no escapó del juicio de la verdad”
La
tesis de san Agustín parte del hecho Bíblico de que el mal no pertenece
a la esencia del orden creado. Sino a su presente existencia caída.
Filósofos posteriores como Leibnitz, (1646-1716) sostuvieron con
propiedad que el mal es una privación (o negación) de la buena creación
de Dios, y no algo positivo; es accidental, no esencial.
El misterio del mal.
Ni el cristiano ni ningún hombre pueden comprender en el fondo por qué
Dios permitió la entrada del mal en el universo. No obstante, el
cristiano tiene la convicción de que Dios tiene una razón poderosa para
haberlo permitido, y por lo tanto tiene una esperanza de que algún día
Dios haga resplandecer su gloriosa luz sobre tan terrible misterio.
Alvin Platinga, teólogo calvinista (reseñado en pie de página anterior),
explicó bien esta cuestión al decir: ¿“Por qué suponer que si Dios
tiene una buena razón para permitir el mal, el teísta sería el primero
en saberla? Quizá Dios tiene una buena razón, pero esa razón es
demasiada complicada para que nosotros la entendamos”.[8]
De otro lado, el misterio del mal puede resolverse cuando tratamos el
caso del libre albedrío. ¿Hubieran sido los ángeles o los hombres
verdaderas criaturas morales si Dios los hubiera creado como simples
robots? Los ateos han respondido a esto diciendo que “Dios hizo agentes
morales libres para hacer elecciones morales erróneas”. Pero un agente
libre como el hombre que nunca hubiera podido hacer el mal es una
imposibilidad lógica en un mundo de seres morales. En tal sentido si
Dios hubiera creado seres para que siempre hicieran lo correcto, a esto
no se le podría llamar libertad moral. En otros términos, el mal resultó
de las decisiones erróneas de los seres morales creados por Dios: los
ángeles y el hombre como varón y hembra.
Propósitos amplios, actuales y finales de Dios en relación al mal como respuesta al ateísmo.
El “propósito amplio” de Dios al permitir la entrada del mal no es de fácil definición.[9]
Por el momento no habría una explicación satisfactoria al decir que
Dios permitió la entrada del pecado “conforme al propósito del que hace
todas las cosas según el designio de su voluntad” (Efesios 1:11, VRV60).
A decir verdad, esto es todo lo que podemos decir si no queremos ir más
allá de los límites de la divina revelación. No obstante, hay en la
Biblia algunas indicaciones que nos permiten entender el “propósito más
amplio” de Dios, principio de una gran satisfacción moral e intelectual.
Tenemos el caso de José en Egipto. Este patriarca fue secuestrado y
vendido por sus hermanos, sufrió indecibles injusticias; sin embargo,
luego de sus padecimientos, y cuando subió al trono de Egipto dijo a sus
hermanos: “Vosotros pensasteis mal contra mí, más Dios lo encaminó a
bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo”
(Génesis 50:20).
Aquí, con claridad podemos notar la amplitud del propósito que Dios
tenía al permitir el pecado de la familia de José. Un drama histórico,
paralelo, es el caso de Job. Una lectura de este libro nos muestra la
acción del mal en sus diferentes manifestaciones en contra de “un hombre
perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1:1).
Empero, al final del libro se nos presenta el hecho de que Dios tenía
con Job unos propósitos más amplios y de mucha bendición para con su
siervo (léase el capítulo 42:1-17).
Finalmente en el Nuevo Testamento tenemos el triunfo de Dios sobre el
mal. La crucifixión de Cristo, desde el punto de vista humano fue una
gran tragedia; pero según Dios, su muerte y resurrección proveyeron el
medio para la renovación del orden caído. Pablo apóstol dijo: “Porque
también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción,
a la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (ver Romanos 8:21-23).
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas
viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2ª de Corintios 5:17).
Una vez más concluimos con San Agustín que el mal es una privación y no
algo positivo en la creación.
4.3.2. Los “propósitos actuales” de Dios.
En este mismo orden de ideas, de nuevo citamos a san Agustín: “A Dios
le pareció mejor lograr el bien a partir del mal que padecer el hecho de
que el mal no existiese”.Bíblicamente podemos percibir que a veces –pero no siempre–, sobre la
base de la obra redentora de Cristo Dios atrae a su pueblo escogido
permitiendo el mal sobre ellos para perfeccionarlos según el ideal ético
y moral del Evangelio. El mal funciona como una herramienta pedagógica
en la vida de las personas. Ireneo, (130-202 d. C.) uno de los primeros
padres de la iglesia decía que “esta vida se entiende como el contexto
para el crecimiento espiritual, un valle en formación de almas”. Es
hermoso imaginarnos un mundo perfecto sin las presentes condiciones del
mal; pero por otro lado, como dice John Hick, “...tal mundo, por mucho
que fomente el placer estaría muy mal adaptado para el desarrollo de las
cualidades morales de la personalidad humana. En relación con este
propósito, ¡dicho mundo podría ser el peor de todos los mundos posibles!
4.3.3. Al tratar con los “propósitos finales” de Dios
como nuestro punto definitivo debemos decir que, el mal, de alguna
manera, dentro de los planes inescrutables de Dios, finalmente
contribuirá a un más alto bien. El salmista confiesa: “la ira del hombre
te alabará” (Salmos 76:10).
Nuevamente Agustín de Hipona sobre este tema solía decir: “Oh feliz
culpa que mereció tan grande redentor” (a Cristo). Hay que aclarar que
ni la miseria ni el pecado en sí mismos son los objetos para lograr el
más alto bien; sino las personas capaces de pecar y de sufrir se
convierten en los objetos necesarios para que comprendan la riqueza de
la perfección en Cristo. La Biblia enseña que según el propósito final
de Dios consiste en vencer definitivamente a sus enemigos que también
son los nuestros; a la muerte, “Y el postrer enemigo que será destruido
es la muerte” (1ª de Corintios 15:26); a Satanás, “Y el Dios de paz
aplastará en breve a Satanás (y su anticristo) bajo vuestros pies” (Romanos 16:20; Apocalipsis 19:20; 20:10); y la Gran Babilonia, símbolo de todos los sistema culturales y religiosos falsos y corrompidos (Apocalipsis 18:2,21).
Sin
embargo el “propósito final” de Dios tiene que ver con la instauración
de los “cielos nuevos y tierra nueva” donde mora la perfecta justicia
(lea Apocalipsis caps. 21 y 22).
Allí Dios promete gloriosas promesas como estas: “Enjugará Dios toda
lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto,
ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apocalipsis 21:4).
Con todas estas explicaciones fundamentadas en la Palabra de Dios, ¿vale la pena seguir siendo ateo o apoyando el ateísmo con un estilo de vida descreído frente a Dios y la realidad de este mundo tal como lo hace Richard Dawkins y la Asociación Humanista Británica de Londres?
5. Clases de ateos
El
final de este breve ensayo lo focalizamos desde la perspectiva de la
teología bíblica para tratar las clases de ateos implícitamente
presentados en las Sagradas Escrituras.
5.1. Ateos prácticos. La naturaleza del problema de los ateos prácticos consiste en el estilo de vida de aquellas personas que dicen creer en Dios pero con los hechos lo niegan (Tit. 1:15,16).
Muchos hombres “cultos y decentes” son ateos prácticos por naturaleza.
Muchas personas no son notoriamente malvadas y sin embargo son ateos
prácticos (Sal. 14:1; Ef. 2:12). Otros declaran creer en Dios o tienen algún otro dios pero viven vidas perversas (Rom. 1:28-32). Tienen la fe de los demonios (Sgo. 2:19).
Ejemplos bíblicos de ateos prácticos: Herodes (Mc. 6:20); Félix el gobernador (Hch. 24:24,25), el rey Agripa (Hch. 26:26-28).
5.2. Ateos por orgullo.
Es aquel clásico arrogante con exceso de estimación propia, y para
sostener esta perversión niega a Dios. Un claro ejemplo lo tenemos en Éxodo 5:1-2.
En estos textos vemos a un Faraón arrogante y autosuficiente. ¿Quién es
Jehová? –pregunta con desprecio–. El ateo por orgullo es aquel que se
niega a reconocer la existencia y el deber de relación con Dios. En el
fondo, los ateos por orgullo se creen dioses. Cuando el engreimiento de
esta clase de personas sobrepasa el límite llegan a confiar más en su
prestigio o fama, inteligencia o capacidad intelectual, en el poder
económico o en el poder político que adquieren. Detentando todo esto, no
puede haber lugar para Dios en su pensamiento. “Dice el necio en su
corazón: No hay Dios” (Salmos 14:1).
5.3. Ateos teóricos. Son
los que niegan la existencia de Dios y su relación con este mundo por
medio de la argumentación intelectual y teórica estilo R. Dawkins en
nuestros días. Las supuestas bases científicas y filosóficas que arguyen
terminan por hacerles considerar que, en el fondo ellos mismos son
Dios. La gran mayoría de los ateos teóricos se suscriben a la infantil
idea de que nadie ha visto jamás a Dios. Por lo tanto, Dios no existe. Y
en efecto esto es lo que dice el apóstol Juan: “A Dios nadie le vio
jamás; el unigénito Hijo que está en el seno del Padre, él le ha dado a
conocer” (Juan 1:18). El ateo de cualquier clase pierde la esperanza de conocer a Dios cuando niega que Jesucristo sea la perfecta revelación de Dios Padre. Cristo mismo dijo: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Juan 14:9).
Es
por ello que retrotrayendo la argumentación de Ludwig Feuerbach, no
convence cuando decía que “la idea de Dios es un producto del cerebro
así como el hígado segrega la bilis”. Por su parte, Kant también llegó a
decir que Dios solo es una “idea especulativa” necesaria para
fundamentar nuestros conceptos éticos y morales, y por esta razón, es
una idea sin la cual el hombre no puede vivir.
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