Dios, Adan y el ADN
(Lo que exponemos es opinión a falta de juicio mejor).
Las narraciones bíblicas responden a revelación divina. Incluso en sus formas. En el caso de Adán y Eva es sustancial creer en la Creación divina, pero es que con los conocimientos recientes sobre el Adn pueden encajar la narración bíblica. La teoría de la evolución de Darwin puso en solfa la creencia en la creación humana directa por Dios durante los últimos 150 años y ha servido para crucificar moralmente a los creyentes, que no veían cómo hacer frente al triunfalismo anticreacionista si no es agachando la cabeza y agarrándose a la fe en definitiva.
Hoy podemos suponer que el primer hombre fue elegido entre alguna raza de homínidos avanzados (existían varias antes de la aparición de homo sapiens) lo que representaría el "barro" antecesor, al cual Dios le infundió su aliento, lo que materialmente pudo concretarse en la implantación genética añadida e inmediata, que nos proveyó de sistemas como el habla y la inteligencia, así como las conexiones entre ellos. Lo que constituye nuestra condición "sapiens" (término cada vez más en desuso) es gracias a ese implante semiinmaterial genético. Pero eso simplemente -con ser ya mucho- nos convirtió en animales racionales. Los científicos no captan de todos modos el alma de lleno inmaterial, si bien ya tienen claro que hay un salto cualitativo inmediato, que deja fuera de validez el sistema evolucionista: en efecto homo sapiens tiene una datación breve en términos geológicos (unos 50 mil años) y su aparición no permite ya ningún esquema evolutivo. Todos los homínidos anteriores desaparecieron, si bien el hombre de neandertal constituye el parentesco más cercano y los datos permiten suponerle ya una inteligencia.
Del primer varón, llamado Adán, en el que tiene lugar la primera gran mutación, por llamarla así, hay una transferencia genética a la primera mujer, que llamamos Eva (madre de todos los vivientes), la Eva salida de la costilla de Adán, esto es, de su contextura más interior.
Serán tentados, primero Eva luego Adán, con la promesa de poder, y cuya esencia es el árbol de la ciencia del bien y del mal. No conocían el mal, pero la ambición de ser como Dios, una ciencia de la desobediencia por tanto, los expulsó del paraíso de inocencia en que vivían, la malicia entró en ellos y en sus descendientes. Probablemente el demonio tentador adquirió la potestad de alterar aquel adn perfecto y esto lo vendría haciendo puntualmente en el adn de cada persona en su momento de concepción. Esa alteración sería programática para cualquier descendiente, en términos de las pasiones que conocemos como pecados capitales y se concretaría para cada ser concebido en forma de fallas particulares específicas.
Desde entonces, la única manera de restablecer el orden, un cierto orden al menos, es que el espíritu-alma tome las riendas sobre la base animal-animal y animal-racional que es nuestro sustrato. Los animales pueden ser necesariamente inocentes en su animalidad, a la que ninguna razón turba, pero nosotros llevamos la concupiscencia muy adentro, que es sobre todo señorío de la razón al servicio de la animalidad, contra el orden debido del alma que toma las riendas y ha de domar al caballo desbocado en que se ha convertido el animal. No es el habla o la inteligencia que llamamos tal la que nos constituye en seres tan diferentes, a menudo la inteligencia es sólo una servidora de la animalidad y entonces no tiene nada esencialmente superior sobre el animal, es solo razón de un ser especial. Lo que nos hace diferentes realmente es el alma, que ha de poner al cuerpo, corporal y mental, en plenitud de obediencia. Este objetivo fracasa en su cumplimiento pleno en este mundo, pero es lo que al menos se nos pide, cumplir, sí, pero en cada fracaso volver a remontar y nunca desconfiar de la misericordia divina.
La ciencia moderna surgió cuando ya era un hecho la disociación Fe y Razón. La ciencia es razón y no puede contemplar las cosas bajo el presupuesto de la separación entre Fe y Razón. Quizá pueda surgir, quizá está surgiendo ya, el nuevo paradigma superador de la contradicción. Con Santo Tomás se alcanzó la síntesis Fe-Razón, luego se perdió, pero nunca la razón -unico intelectum para la ciencia que hoy conocemos- puede llegar a la inteligencia combinada de los dos poderes de conocimiento, la Fe y la Razón.
La ciencia que hoy conocemos barrunta la inmensidad de una inteligencia creadora. Pero de todosmodos sigue apegada a la vieja rebledía y como mucho sólo quiere admitir la existencia de interventores extraterrestres sobre el genoma humano y todavía peor como "creadores". Esto es peor necedad que la de no reconocer ninguna intervención y volver a las creencias en los dioses de los antiguos. Intervención de seres superiores sí, maléficos también, pero sólo con licencia adquirida tras la sumisión a ellos de los primeros humanos en un tiempo indeterminado del pasado.
Las narraciones bíblicas responden a revelación divina. Incluso en sus formas. En el caso de Adán y Eva es sustancial creer en la Creación divina, pero es que con los conocimientos recientes sobre el Adn pueden encajar la narración bíblica. La teoría de la evolución de Darwin puso en solfa la creencia en la creación humana directa por Dios durante los últimos 150 años y ha servido para crucificar moralmente a los creyentes, que no veían cómo hacer frente al triunfalismo anticreacionista si no es agachando la cabeza y agarrándose a la fe en definitiva.
Hoy podemos suponer que el primer hombre fue elegido entre alguna raza de homínidos avanzados (existían varias antes de la aparición de homo sapiens) lo que representaría el "barro" antecesor, al cual Dios le infundió su aliento, lo que materialmente pudo concretarse en la implantación genética añadida e inmediata, que nos proveyó de sistemas como el habla y la inteligencia, así como las conexiones entre ellos. Lo que constituye nuestra condición "sapiens" (término cada vez más en desuso) es gracias a ese implante semiinmaterial genético. Pero eso simplemente -con ser ya mucho- nos convirtió en animales racionales. Los científicos no captan de todos modos el alma de lleno inmaterial, si bien ya tienen claro que hay un salto cualitativo inmediato, que deja fuera de validez el sistema evolucionista: en efecto homo sapiens tiene una datación breve en términos geológicos (unos 50 mil años) y su aparición no permite ya ningún esquema evolutivo. Todos los homínidos anteriores desaparecieron, si bien el hombre de neandertal constituye el parentesco más cercano y los datos permiten suponerle ya una inteligencia.
Del primer varón, llamado Adán, en el que tiene lugar la primera gran mutación, por llamarla así, hay una transferencia genética a la primera mujer, que llamamos Eva (madre de todos los vivientes), la Eva salida de la costilla de Adán, esto es, de su contextura más interior.
Serán tentados, primero Eva luego Adán, con la promesa de poder, y cuya esencia es el árbol de la ciencia del bien y del mal. No conocían el mal, pero la ambición de ser como Dios, una ciencia de la desobediencia por tanto, los expulsó del paraíso de inocencia en que vivían, la malicia entró en ellos y en sus descendientes. Probablemente el demonio tentador adquirió la potestad de alterar aquel adn perfecto y esto lo vendría haciendo puntualmente en el adn de cada persona en su momento de concepción. Esa alteración sería programática para cualquier descendiente, en términos de las pasiones que conocemos como pecados capitales y se concretaría para cada ser concebido en forma de fallas particulares específicas.
Desde entonces, la única manera de restablecer el orden, un cierto orden al menos, es que el espíritu-alma tome las riendas sobre la base animal-animal y animal-racional que es nuestro sustrato. Los animales pueden ser necesariamente inocentes en su animalidad, a la que ninguna razón turba, pero nosotros llevamos la concupiscencia muy adentro, que es sobre todo señorío de la razón al servicio de la animalidad, contra el orden debido del alma que toma las riendas y ha de domar al caballo desbocado en que se ha convertido el animal. No es el habla o la inteligencia que llamamos tal la que nos constituye en seres tan diferentes, a menudo la inteligencia es sólo una servidora de la animalidad y entonces no tiene nada esencialmente superior sobre el animal, es solo razón de un ser especial. Lo que nos hace diferentes realmente es el alma, que ha de poner al cuerpo, corporal y mental, en plenitud de obediencia. Este objetivo fracasa en su cumplimiento pleno en este mundo, pero es lo que al menos se nos pide, cumplir, sí, pero en cada fracaso volver a remontar y nunca desconfiar de la misericordia divina.
La ciencia moderna surgió cuando ya era un hecho la disociación Fe y Razón. La ciencia es razón y no puede contemplar las cosas bajo el presupuesto de la separación entre Fe y Razón. Quizá pueda surgir, quizá está surgiendo ya, el nuevo paradigma superador de la contradicción. Con Santo Tomás se alcanzó la síntesis Fe-Razón, luego se perdió, pero nunca la razón -unico intelectum para la ciencia que hoy conocemos- puede llegar a la inteligencia combinada de los dos poderes de conocimiento, la Fe y la Razón.
La ciencia que hoy conocemos barrunta la inmensidad de una inteligencia creadora. Pero de todosmodos sigue apegada a la vieja rebledía y como mucho sólo quiere admitir la existencia de interventores extraterrestres sobre el genoma humano y todavía peor como "creadores". Esto es peor necedad que la de no reconocer ninguna intervención y volver a las creencias en los dioses de los antiguos. Intervención de seres superiores sí, maléficos también, pero sólo con licencia adquirida tras la sumisión a ellos de los primeros humanos en un tiempo indeterminado del pasado.
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